¿Quién nos tiene que guiar en el
proceso de aprendizaje? ¿Cómo son de válidos los conocimientos que nos
inculcan? ¿Los aprendemos de la persona y de la forma más adecuada? ¿Se adapta
el proceso educativo a la situación de cada uno? ¿Aprendemos de la forma más
eficiente?
Las preguntas son infinitas, pero
el problema radica en las respuestas. En nuestro país y alrededor de todo el
mundo se ha apostado durante un largo periodo de tiempo por la educación en las
aulas y por imponer un modo de aprendizaje previamente ideado. El Homeschooling
surge como una alternativa en este ámbito. Los padres con sus propios métodos
han desplazado el proceso de aprendizaje del aula a su propio hogar. Una
decisión que admiro y es respeto totalmente pero que a su vez observo con detenimiento
e inquietud por lo siguiente.
Considero que mi posición ante el
tema es un tanto ambigua. Mi argumentación es la siguiente: hasta el momento, y
sin que nadie diga lo contrario, los resultados de los niños que son educados
en su hogar, que no son pocos, muestran un resultado altamente favorable en su
aprendizaje y demás de habilidades. Se trata además e indiscutiblemente por
algo que no todas no se pueden permitir mientras que ir a la escuela sí. Por ello,
ahora me hago la siguiente pregunta: ¿en qué medida puede llegar a perjudicar
esta situación a aquellas familias que no puedan permitirse este “lujo”?. Esto
es lo que me preocupa. Si ahora resulta que únicamente se produce abandono
escolar temprano desde las escuelas propiamente dichas y este es el principal
motivo del nacimiento del Homeschooling, ¿únicamente sufrirán este desfavorable
hecho aquellos que no tengan otra posibilidad que la de llevar a sus hijos a
las aulas?; por otro lado ¿los docentes?, ¿han apostado por formarse durante
largos años para acabar estando infravalorado por esta situación? Esta es la
situación que más me inquieta por el momento y donde no encuentro aún una
respuesta apropiada.
Reniego de movernos en un mundo
donde prima el hecho de destacar por encima de los demás, buscando
continuamente alternativas válidas a las reglas del juego. El problema es que
una y otra vez volvemos a olvidarnos de las desigualdades sociales que nos
persiguen y que, en la mayoría de los casos, justifican los desagradables resultados
académicos y sociales. No valoro ni más ni menos el aprendizaje en casa o en el
aula, ni a los padres o a los docentes. Ambos caminos me parecen respetables
pero ambos esconden aquello que me desconcierta: la importancia por trabajar totalmente
en cooperación.